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Nicolás Curiel, la vida en un estante

 

Lleva tiempo en silencio la quinta Los Saltimbanquis. Ya no escapan de ella arias ni escalas interpretadas en vivo través de las ventanas. Tampoco suenan como antes sinfonías desde el vinil. Lucía Guitlitz, la mezzosoprano de origen chileno y raíces rusas, aplaudida en Italia y bien recibida en Caracas, falleció en 2010, luego de un período de dolencias y melancolías. Nicolás Curiel, su esposo, el director del Teatro Universitario, no profiere ya en el desde el rellano, la cocina o la alcoba, las líneas teatrales de la obra por estrenar, con ese vozarrón suyo que podía llegar nítido a la última fila. Palco ideal para dar rienda suelta a su vida de artistas, la casa de estancias intermedias, pasillos que se bifurcan y escaleras que enlazan por los aires la cotidianidad ahora desacelerada, enmudecería.

Fue hogar de la pareja desde hace más de 50 años y plató de su tenaz contrapunteo en el dueto de artistas. Con los sillones vacíos y los tres pianos cerrados, aquellas paredes blancas echan en falta los días en que los dueños vivían a fondo sus agendas profesionales y su amor en clave operática.

Bajo de estatura y a sus 90, a Nicolás Curiel le resulta impensable dejar de crear. Profesor hasta hace nada de la cátedra de teatro de la Escuela de Artes de la UCV, no descarta montar una pieza que descubra en Bolívar su eventual “marxismo”. Reacio a despedirse de los dogmas que se han desplomado junto a muros y gobiernos en Berlín y medio mundo, y asido a la esperanza de la victoria de la igualdad prometida, en el entreacto, con sus manos, Nicolás Curiel produce un prodigio: se ha dado a la tarea de plasmar su historia y la del teatro, en un enjundioso relato de papel, una ocurrencia primorosa de reconstrucción de montajes, personajes y épocas, pasatiempo que le ha ayudado a sortear los puntillazos de la soledad. Los Saltimbanquis contiene ahora un museo sin parangón, sostenido apenas con mondadientes.

Fotografía de Gaby Oráa | RMTF

La casa, que parece ofrecer a cada instante postales de la historia de ambos, da la impresión de guardar, entre biombos, los ecos de risas antiguas y borrascas. Nicolás Curiel, haciendo uso de su memoria y pese a sus ojos agotados, ha querido conservar a buen resguardo su trayectoria.

En una estancia íntima, tapizada con los afiches y carteles que anuncian las presentaciones de la pareja Curiel Guitlitz, donde estuvo siempre la biblioteca —donada en su totalidad a la Universidad—, conviven ahora, en tramos de pared a pared, las figurillas erguidas y en pose que reproducen su periplo y vocación.

Se trata de una puesta en escena tan grande, que llena todos los estantes, y tan minúscula que solo puede verse con asombro y con lupa.

Aperado de recortes de prensa, tijeras, palillos, goma, “y con la ayuda de Zoraida”, la dama a cargo de los arbitrios domésticos, Nicolás Curiel repasó periódicos añosos y catálogos que luego clasificó según cada circunstancia. Después cortaron los cuerpecillos en la escala deseada de manera que la representación tuviera credibilidad, y comenzaron a pegarlos al soporte —a cada cual su atril de mondadientes— que los mantendría en pie.

Fotografía de Gaby Oráa | RMTF

Pocos milímetros de diferencia en las figurillas serían pasados por alto: “Mi esposa era un mujerón y mis hijos salieron a ella; todos son altos menos yo”, sonríe persuadido de que el tamaño no importa.

Más de un año en el empeño, el telón fue descorrido para un tour que merece atención y riadas de público. Dialogan distintas obras y escenarios, con una iluminación hecha a propósito. Bordean las repisas del mueble en forma de ele, con cables camuflados y bombillos ubicados estratégicamente. Diseñado también el sistema eléctrico por él, funge de presentador de este teatrino a escala liliputiense. El guión lo tiene aprendido.

Con dicción marcada y seductora entonación, quien recibiera el premio por su trayectoria que otorga la Escuela de Artes y el Museo de Arte Afroamericano de Caracas, ofrece datos pormenorizados de la compilación en 3D, en la que cada capítulo de su itinerario está representado en escala diminuta.

Fotografía de Gaby Oráa | RMTF

La saga comienza en el liceo Fermín Toro, cuando en horario nocturno, con otros imberbes cabeza caliente, parece irrefrenable la vocación teatral, y prosigue, ya todos decididos actores, dramaturgos, directores, en el Teatro Universitario, donde se hizo un nombre. Ahí pueden verse los rostros. Y Nicolás Curiel parece revivir el momento con los amigos empequeñecidos. “Creo oír la hipnótica palabra, ¡acción! Puedo imaginarme en el Aula Magna”.

En realidad nunca ha salido de escena. El teatrino que reproduce experiencias vividas delante y detrás de la tramoya, es una suerte de regreso, de continuidad que convierte al tiempo matrioska, y el espacio en bolsillo.

Fotografía de Gaby Oráa | RMTF

Sazonada la presentación con anécdotas, puede regresar al principio según la pregunta o curiosidad que despierte cada capítulo. Es una versión del miniteatro del Ateneo: todas las funciones parecen cobrar vida simultáneamente.

Con carteles miniatura que anuncian la maravilla que contienen, se muestra la recreación del teatro de Shakespeare. Ínfimo, conmueve el gran Lawrence Olivier, sus ropajes y el mobiliario de época que podría caber en el cuenco de una mano. Al lado tiene lugar Romeo y Julieta. Se miran arrobados. Y a continuación, la pausa de Curiel —efecto brechtiano de distanciamiento— está concebida para explicar su versión rojilla de Hamlet: “Nuestro montaje creó conmoción en Caracas y ante audiencias internacionales”, evoca. “Es que no puede haber fantasmas, no existen; lo que hay es consciencia. Es ella la que te habla, la que te acicatea y te azota. Hamlet oye su propia voz”, dice. “Gracias a Bertoldt Brecht, que tuvo la pésima idea de morir tan joven, entendí el papel del teatro como forma-compromiso y estremecimiento colectivo”.

Más allá, mínimos muñecos reproducen a Curiel junto a Horacio Peterson, Alberto de Paz y Mateos y José Ignacio Cabrujas. Minúsculas fotos dan cuenta de los montajes aupados por el Conac y el grupo Rajatabla. Al lado, ponen caras y parecen dispuestos a lanzar un parlamento los actores europeos que Curiel conoció y, como telón de fondo, penden de hilos los catálogos del Berliner Ensamble y recortes de periódicos artesanalmente enmarcados.

Prosiguen Peter Weiss y la actriz venezolana Yolanda Quintero, “a quien debí amar”, confiesa aquel latido pendiente. Y claro, está aquí y allá, inocente de su belleza, Lucia Guitlitz. La esposa que recorría la casa con pasos acompasados, como si los dirigiera la marca hipnótica de un metrónomo —hasta que la fatiga inmoviliza sus piernas.

Fotografía de Gaby Oráa | RMTF

Su huella está en todos los escenarios. En la casa y a lo largo del teatrino. “Está en mi vida”. Luce estupenda y exhibe una silueta de figurín, la que luego se desdibujara acaso por efecto del mal de amores. “No, ella fue el amor de mi vida. Ningún devaneo mío, que los asumo, cambia eso. Lucía fue la mujer más hermosa que jamás vi. Y la más importante”, cierra Nicolás Curiel.

“Bueno, aquí está todo”, anuncia al repasar la casa de muñecos extraídos de la vida real —suya, no de Ibsen—, que reconstruye el calibre de su pasión. Hasta una estatuilla de la reina Isabel I, mecenas del teatro, está abreviada en esta síntesis de las artes escénicas.

Lo dice en el escenario que contiene otros y otros: “solo falta que conozcas la pajarera”. Se trata de la prótesis de madera, casa del árbol donde vive el cineasta, realizador de Una noche Oriental y La niña de Maracaibo, Miguel Curiel, el primogénito, el que nace cuando inicia el romance de aquellos dos que, después de haber viajado por Europa, y bebido de las ideas de entonces, —ella, la permanencia, él la libertad—, se amaron y se dolieron en aquellos espacios conectados con ritmo de carrusel.

Fotografía de Gaby Oráa | RMTF

Pajarera proyectada hacia la calle, las tiras de fotogramas haciendo de cortinas, una alfombra de fotografías vistiendo las paredes, flota en el segundo piso como atalaya sobre la que puede verse la productora de Sergio Curiel, el menor. Le da sombra un mango sembrado cuando los hijos eran dos imberbes, antes de que anduvieran en moto, antes de tanto.

Lo que falta es que se muevan los hilos para que aquellas miniaturas que permanecen erguidas y estáticas en la escenografía, ahora se besen, lloren, cometan un crimen, se rasguen las vestiduras, gesticulen, callen o agradezcan con una reverencia. ¿Quién pone en duda de que por las noches él les da el pie para que comience la función?

Por Faitha Nahmens Larrazabal

 

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