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Rafael Fauquié: Un país “cerrado”

 

En plena Segunda Guerra Mundial, Karl Popper escribió su célebre trabajo: La sociedad abierta y sus enemigos. En él oponía dos modelos sociales: uno, al que llamó “cerrado”, era el de la inamovilidad y la clausura, el del despotismo y la falta de libertad, el de la imposición de dogmas ante los cuales la individualidad humana se desvanece. El otro, al que llamó “abierto”, era el de la libre convivencia, el de la comunicación, el de la tolerancia y la libertad.

Dentro de los espacios sociales nos movemos los hombres. Habitamos. Actuamos. Nos relacionamos. En ellos son y siempre serán positivas la comunicación, la solidaridad y la tolerancia; y son y siempre serán negativas, la incomunicación, las imposiciones dogmáticas y la obediencia por el temor.

En toda sociedad democrática -el modelo por excelencia de una sociedad abierta- la norma es la diversidad y la aceptación de la diversidad, la inclusión que permite convertir las diferencias naturales entre personas y grupos en oportunidad para acercar las diferencias y para favorecer la participación de todos.

Sociedades abiertas y sociedades cerradas: aquéllas más evolucionadas y, sobre todo, más humanas; éstas, más primitivas y burdas, más torpes, más inhumanas.

En las sociedades cerradas no existe el diálogo, ni la justicia, ni el respeto por la dignidad humana. Todo en ellas luce empobrecido y estrecho, reseco y carente de ilusión. Evolucionar de lo abierto hacia lo cerrado -una amenaza siempre presente en cualquier colectividad- sería una de las transiciones más trágicas que pudiera experimentar todo grupo humano. “Empequeñecimento”, por ejemplo, a causa de la voluntad de algún dirigente político o de la imposición de ideologías desindividualizadoras. “Enanización” destinada a derivar en el anquilosamiento de las normas, en el peso irracional de lo impuesto, en la carencia de libertad, en la desaparición de las iniciativas individuales, en el desvanecimiento de las ilusiones y de la esperanza.

Son muy diversas las causas capaces de generar el “encierro” social. Por ejemplo, el populismo: expresión que suele reunir determinados ingredientes: el carisma de algún vociferador junto a su irresponsable ofrecimiento de todo. El mejor antídoto contra el populismo será siempre la realidad y, junto con ella, el estruendoso fracaso de las irresponsables ofertas del demagogo charlatán. Otra causa de encierro social será la imposición de deformadas legalidades encargadas de imponer los deseos y caprichos de un jefe o una élite gobernante. Y, desde luego, existe la amenaza del encierro como consecuencia de una de las más absurdas decisiones de un dirigente político: fomentar entre los gobernados -a fin de extraer alguna forma de “provecho”- el enfrentamiento, la desunión. Absurdo, en fin, de convertir la política -el arte de la convivencia- en anti-política; esto es: destrucción del tejido social únicamente en beneficio de la permanencia en el poder del patético gobernante.

Por último, una sociedad se encierra dramáticamente cuando el grupo dirigente decide apoyarse exclusivamente en la fuerza de las armas; y, apuntalada por una jerarquía militar corrupta, enriquecida gracias a las dádivas de esos gobernantes de quienes de ella dependen, sacrifican la libertad, la justicia, y la dignidad de todo un pueblo. Para ese momento, ya más que de “encierro” podríamos referirnos a clausura, asfixia, destrucción definitiva de esos espacios que alguna vez pudieron ser calificados como democráticos.

 

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